"Eso es una fecha que no se me va a olvidar nunca"

María pisó el Barrio Nuevo de Naranjito con sus pies de coloso. Tocar el tema es como sacudir un árbol mojado: caen recuerdos que no mojan, pero empapan.

Por Benjamín Torres Gotay

Naranjito – Desde el balcón de la pequeña casa en que viven solas doña Zenaida Nieves y su hermana mayor, a orillas de una pronunciada pendiente por estos campos, la vista se pierde en una honda explanada verde, al cabo de la cual se elevan las montañas, frondosas, tupidas, en cuya fisonomía se entremezclan este pueblo y la ciudad de Bayamón.

Más allá de las montañas, se ve, desfigurada por el vapor de un mediodía ardiente, la silueta monumental, un poco caótica, de Bayamón. En días claros, puede verse, incluso, hasta el océano Atlántico. El esplendoroso panorama, la brisa tibia, el silencio de pájaros cantando, perros ladrando y viento susurrando, seduce a cualquiera.

A cualquiera, esto es, que no haya estado aquí el 20 de septiembre del 2017, cuando el huracán María pasó por este lugar con sus pisadas de coloso, destruyendo, como en el resto de Puerto Rico, todo lo que encontrara a su paso. Ese día, la explanada que tanto cautiva a los que viven o pasean por aquí dio un espacio que María necesitaba para desplegar en todo su horrendo esplendor sus alas de terror.

A los vecinos el recuerdo todavía los sacude. Los seguirá sacudiendo por mucho tiempo.

“Eso no era huracán. No sé ni qué rayo era eso. Se estremecía cualquiera. Con las puertas trancás y las ventanas trancás, todo se estremecía. Ese cerro quedó pelado. Ahí no quedó nada. Lo que quedó fue la tierra. No se veía nada. Todo estaba pelado”, cuenta, exaltada, doña Zenaida, de 78 años, quien la pendiente, a orillas de la cual ha vivido toda la vida y en cuya vista se regocijaba, ahora la atemoriza.

El huracán dejó una estela de dolor y horror a su paso por Puerto Rico. Naranjito, que es uno de los 21 pueblos por los que María tocó tierra, no es, obviamente, la excepción. Aquí, en el barrio Nuevo, un enorme sector rural que está parte en Bayamón y parte en Naranjito, donde quiera que se mira, se ven las cicatrices. Los cimientos de lo que fue una casa; una verja que no se ha vuelto a poner; una residencia abandonada, un palo viejo, con ramas nuevas.

Tocar el tema con una persona es como sacudir un árbol mojado; los recuerdos caen en gotas gruesas que no mojan, pero empapan.

“Eso es una fecha que no se me va a olvidar nunca. Fue un día muy triste. Demasiado. Eso nunca se me va a olvidar. Hay gente que no sabe nada. Pero los que vivíamos por el campo sí sentimos esto. Esas ráfagas eran demasiado fuertes. No quedó una casa de madera hecha. Todas se fueron”, dice doña Zenaida.

En la foto, cinco residencias montadas una sobre la otra, en el Barrio Nuevo viven 25 personas. (Foto: Gerald López)

Se dice a veces, con cierta ligereza, “lo perdí todo”, sin pensar en el significado más profundo de esa afirmación.

Doña Zenaida puede decirlo con más propiedad que la mayoría.

La casa en que crió a sus tres hijos fue borrada del mapa sin clemencia. Hoy queda solo el piso de cemento. Su esposo por más de tres décadas, quien llevaba cinco años parapléjico tras un accidente mientras trabajaban en su casa, murió un mes después del huracán. Hoy solo queda el recuerdo.

"Voy a estar recordando hora por hora cuándo se fue la luz, cuándo empezaron los vientos… va a ser un día de sentimientos encontrados”.

- Allison Santiago, vecina de Barrio Nuevo.

Doña Zenaida, quien está a cargo de su hermana, que tiene 85 años y es discapacitada intelectual, cree que su esposo está entre los 2,975 muertos a causa de María que el gobierno no quería contar. “Del huracán pa’ acá él se puso grave y no mejoró jamás. Él necesitaba la electricidad para vivir y no la tenía. Yo se lo dije al médico”, cuenta la mujer.

Por el Barrio Nuevo, se espera el aniversario de María con ánimo sobrecogido. “Voy a estar recordando hora por hora cuándo se fue la luz, cuándo empezaron los vientos… va a ser un día de sentimientos encontrados”, dice Allison Santiago, madre de dos niños de 14 y 10 años, quien vive en la parte del Barrio Nuevo que pertenece a Naranjito.

Allison, sus padres, su abuelo, varios primos y tíos, viven todos en cinco casas incrustadas una encima o junto a la otra en una curva de Barrio Nuevo. Para el huracán, muchos se refugiaron en la casa de sus padres, que por ser de concreto ofrecía las mayores posibilidades de resistir los terribles vientos de María.

Por un agujero en una ventana de esa casa, Allison y sus hijos vieron lo que nadie querría ver jamás: María desmembrando su propia residencia pieza a pieza. Primero una parte del techo que se desprendía del resto de la estructura. Después una pared que caía. Las ventanas que volaban. Un árbol que caía encima y lo aplastaba todo. Al terminar, la casa en que hacían vida y memorias no era más que una pila de escombros.

“Empecé a llorar al ver mi casa destrozada, llena de agua, las cosas de mi familia, de mis papás, todo. Fue triste, triste, triste”, cuenta Allison.

A un año de María, ya se puede transitar libremente por los caminos de Naranjito. (Foto: Gerald López)

A un año de María, Barrio Nuevo ha vuelto a reverdecer. Los caminos están despejados. Regresó a la energía eléctrica entre seis y siete meses después de la tormenta. “Ya podemos poner los pies en tierra firme”, dice la prima de Allison, Lissette Torres, paciente de diálisis de 49 años que pasó grandes dificultades para atenderse durante los críticos días inmediatamente posteriores a María.

Y aunque los recuerdos son dolorosos, hay quien le pone buena cara hasta al peor tiempo. “Esto fue una bendición para mucha gente”, dice don Gabriel Ayala, cogiendo fresco en el balcón de su casa, señalando con los labios hacia su vecino. “Ese muchacho no tenía nada y ahora mire…”, susurra.

El vecino vive en una pequeña covacha de concreto, recién construida, con dinero que recibió tras haber perdido su antigua casita de madera.

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