Yabucoa, el primer pueblo impactado por María, lucha por salir de la depresión

El 20 de septiembre, el huracán entró por ese municipio y lo devastó. A un año, la salud mental de sus vecinos es el mayor desafío de este pueblo.

Por Jorge Figueroa Loza

Yabucoa – Luis Rodríguez Merced ancló su mirada en el recorte de periódico que tenía en sus manos y que narraba la noticia de la desaparición de su hermana menor Mayra Cortés Merced. La mujer de 59 años desapareció el pasado 31 de enero en circunstancias que, entiende, están relacionadas con el huracán María.

Sentado en el sofá de una compacta sala de su residencia en la urbanización Villa Recreo, el retirado ajustador, de 67 años, parecía congelado mientras observaba la imagen de Mayra, inmerso en interrogantes para dar con una explicación de por qué su ser querido aún no da rastros de su paradero.

“Lo que pienso es que no puede estar viva, debe estar muerta”, dijo Rodríguez Merced, quien recientemente se hizo una prueba de ADN, como parte de la investigación policiaca, para verificar si uno de los cuerpos no identificados en la morgue de San Juan coincide con Mayra.

Su hermana “usaba medicamentos para los nervios y los dejó de tomar. Eso provocó que ella se fuera” de su casa, explicó Rodríguez Merced. Ella había comenzado a alucinar.

En Yabucoa cargan el peso de un huracán emocional

Mayra, quien era empleada municipal y fue maestra y estilista, padecía de esquizofrenia e hipertensión, enfermedades que se agravaron tras el colapso de los servicios básicos de salud en el primer municipio impactado por el huracán. Aquí, María llegó como categoría cuatro en la escala Saffir-Simpson y molió a Yabucoa con ráfagas de 155 millas por hora, al tocar tierra en este municipio a las 6:15 a.m. del 20 de septiembre de 2017.

Según Rodríguez Merced, su hermana no pudo ir a sus citas médicas en el Hospital Pavía debido a que el programa Llame y Viaje, que transporta a personas con problemas físicos o de salud mental, estuvo inoperante durante semanas luego del huracán.

Mayra quedó desprotegida, sin la atención médica adecuada, sin contacto con su psiquiatra. Y de la noche a la mañana, desapareció. Su salud había desmejorado notablemente al no poder contar con su medicación. David Cortés Merced, su otro hermano, la vio por última vez ese mismo 31 de enero por la mañana. A las 7 a.m. la mujer partió de su casa, ubicada detrás del Cuartel de Policía en el sector La Loma, para su trabajo en la Oficina de Títulos de Propiedad del Municipio. Una vecina la vio caminando hacia el casco urbano y hay reportes sobre que comió en un sitio cercano a la biblioteca municipal. Tanto Luis como David no supieron más de ella. La familia se sumió en la desesperación. Habían visto cómo Mayra se deterioraba, se mostraba nerviosa, intranquila y tenía la mirada perturbada.

“El huracán alteró el funcionamiento vital de la sociedad. Hizo que muchas personas perdieran sus trabajos, la destrucción de su propiedad. La resiliencia no es un estado permanente en una persona. Va a dejar de resistir en cierto tiempo”.

- Julio Santana, doctor en psicología.
Esa misma noche, su familia reportó la desaparición y comenzó un operativo de búsqueda policial por el municipio y sus alrededores. Mayra no apareció por ningún lado. Estaba agobiada por los ruidos de los generadores eléctricos y la falta de luz en su casa, que llevaba cuatro meses sin servicio, la tenía abrumada.

La desaparición de Mayra afectó a sus hermanos, en especial a David, quien sucumbió en una profunda depresión. Este exguardia penal de 59 años fue encontrado inconsciente en su hogar por un bajón de azúcar. Se había desmayado y el golpe en su cabeza le provocó daños cerebrales que le ocasionaron la muerte el pasado 17 de junio. Su hermana llevaba casi seis meses desaparecida.

“Él se deprimió mucho. Yo digo que mi hermano se tiró a morir. Fue una situación bien difícil. La vida nos ha cambiado por completo. Hay noches que me levanto llorando. Le doy gracias a Dios que tengo a mi esposa (Myrna Martínez Semidey) que es un complemento que me ayuda. No ha sido fácil”, confesó Luis.

Luis Roberto Rodríguez Merced, junto a su esposa Myrna Martínez Semidey, recordó a su hermana desaparecida tras el huracan. (Foto: André Kang)

Hasta mayo, ocho meses después de que María destruyera casi el 100 por ciento de las instalaciones de este ayuntamiento en el sureste de la isla, apenas cuatro de cada 10 familias yabucoeñas habían logrado recuperar el servicio eléctrico en sus hogares. De acuerdo con el alcalde Rafael Surillo Ruiz, la energía se restableció a su totalidad a finales del verano.

María dejó a Yabucoa como un pueblo inerte, incomunicado y a oscuras por tanto tiempo, que la salud mental se convirtió en un asunto urgente a atender por la dirección municipal.

A un año de una de las peores catástrofes en la historia de Puerto Rico, Yabucoa registró de enero a julio 44 llamadas al Sistema de Emergencia 9-1-1 de personas muy afectadas mentalmente. En julio, cuatro de los casos fueron por personas que se hicieron daño. Una de ellas, falleció.

“Hubo una persona en Camino Nuevo que lamentablemente se ahorcó una mañana y en la tarde el sector donde vivía fue alumbrado. Eso estuvo brutal. Decían que ya estaba cansado porque no tenía luz”, recordó el alcalde Surillo Ruiz, quien ha sido muy vocal contra el gobierno central por la ayuda tardía a su municipio.

Tanto el Departamento de Salud, la Oficina de Calidad de la Administración de Servicios de Salud y Contra la Adicción (ASSMCA) y la Cruz Roja realizaron talleres de capacitación con los empleados municipales para atender emergencias de salud mental y así poder hacer frente a la crisis psicológica en la que quedó sumido Yabucoa. Durante las charlas, explicaron a los vecinos cómo prepararse para la temporada de huracanes, manejar el estrés y la ansiedad.

“Como por aquí fue que entró, estoy pagando las consecuencias. Lo hemos pasado fatal, mal”, había dicho a El Nuevo Día Francisco Carrasquilo, un excomerciante de 77 años, quien recibió la visita en su hogar de oficiales de ASSMCA que le brindaron servicios de consejería.

“La salud mental mía está por el piso. Ellos vinieron a hablar conmigo, dándole consejo a uno porque me vieron sentado aquí, donde me paso casi todos los días, mirando hacia el mar, que es como una terapia para mí”, explicó este vecino del sector costero de El Guano.

Rayos de optimismo

En ese mismo sector, del barrio Camino Nuevo, Maribel Arroyo Millán se inundó de emociones con tan solo poner uno de sus pies en las escaleras de su hogar, donde nació, sin empañetado en las paredes de bloques de cemento, sin puertas ni ventanas.

“Yo no puedo venir aquí y ver mi casa así”, sollozó esta ama de casa de 52 años, conocida en el vecindario por su venta de limbers de frutas naturales, en especial a los surfers que montan olas en la playa El Cocal.

“Es bien difícil porque mi casa era pequeñita, humilde, pero siempre estaba llena de gente. Al estar tanto tiempo fuera de aquí, yo casi ni vengo… Es bien difícil la situación. Yo fui a buscar ayuda psicológica y me querían dejar recluida pero no me quise quedar”, añadió.

Maribel Arroyo Millán y su esposo José Ramos López perdieron su casa en el barrio Camino Nuevo en Yabucoa. (Foto: André Kang)

Unas 1,500 casas se vieron afectadas por María y, hasta mayo, se habían instalado 800 toldos de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, en inglés), según datos del municipio.

El techo de madera en “La casita dulce de Mary”, como le dicen al hogar de Maribel y su esposo, José Ramos López, que se tragó el huracán María fue reemplazado por uno de concreto. Lo costearon con $2,900 que recibieron de FEMA y con un préstamo de $8,000 con el programa de la Agencia Federal para el Desarrollo de la Pequeña Empresas (SBA, en inglés), programa que otorga financiamiento ante desastres a bajo interés a dueños de vivienda, inquilinos, negocios de todos los tamaños y la mayoría de las organizaciones privadas sin fines de lucro.

La carta de aprobación originalmente les otorgó $21,000, pero cuando fueron a retirar el cheque se lo entregaron por $8,000. La pareja aún evalúa si decidirá apelar la baja.

Mientras las reparaciones de la casa marchan paulatinamente, la pareja vive a unos 15 minutos en una residencia alquilada frente a la carretera 901 con el añoro de poder pronto volver al hogar que María les arrebató.

“Vamos a luchar porque lo bueno de los puertorriqueños es que son luchadores. No nos gusta quedaros estancados. Yo sé que vamos a estar bien. Yo le digo a ella que no se preocupe. Sí, nos falta todavía pero no nos vamos a dormir. Otra gente lo ha logrado. ¿Por qué nosotros no?”, se preguntó Ramos López.

El optimismo del soldador de 71 años es el mismo que se percibe en el resto de los yabucoeños en el pueblo que aún exhibe los semáforos masticados y averiados por las ráfagas de María, junto con la pintura arrancada de sus edificios. Sin embargo, en el primer aniversario de la catástrofe, los vecinos saben que, si un nuevo ciclón los azota en un futuro cercano, la Ciudad del Azúcar no lo soportaría.

“Este huracán marca la vida. El día después, yo decía que María iba a ser como un precedente para los yabucoeños y lo comparaba con la caída de las Torres Gemelas (en Nueva York). Esto fue tan impactante que la vida de esas personas que viven aquí se marcó para siempre. En Yabucoa, María nos dio una lección a todos, una lección que espero que el estado, a la agencias y el gobierno hayan aprendido”, expresó el alcalde Surillo Ruiz.

El paso del huracán y sus consecuencias dejaron en los yabucoeños una herida abierta. El estrés post-traumático caló hondo en los puertorriqueños y su salud mental se vio vulnerada.

Julio Santana, rector de la Universidad Carlos Albizu (UCA) y doctor en psicología, señaló que en Puerto Rico aún hay mucho trauma generado por los ciclones que azotaron la isla en septiembre del año pasado.

“Al año, justamente se puede apreciar los efectos del trauma. No es solamente con una brisa fuerte que la gente puede revivir un trastorno. Están las inundaciones por lluvias, el temor de que la casa se vaya a inundar o no resista, cuando se va la luz. He tenido casos de personas que han tenido que dejar sus trabajos después del huracán por un desequilibrio emocional”, indicó.

“El huracán alteró el funcionamiento vital de la sociedad. Hizo que muchas personas perdieran sus trabajos, la destrucción de su propiedad. La resiliencia no es un estado permanente en una persona. Va a dejar de resistir en cierto tiempo”, analizó.

Tras las consecuencias de María, Santana recomendó que en Puerto Rico se deben crear una cultura de prevención, una idiosincrasia de planes de contingencia parecidos a los que tienen los países como Japón y Colombia con los terremotos.

“Nosotros no los teníamos. El pueblo puertorriqueño tiene que desarrollar más conciencia en esos planes. Si no recibimos el apoyo social, de instituciones, del gobierno, ocurre el desgaste emocional. Si queremos darle un giro a esta situación para que las personas mantengan las esperanzas, tienen que recibir algún tipo de apoyo”, sostuvo Santana, quien quiso destacar la labor de las universidades en las comunidades afectadas en lo que llama la “reconstrucción emocional de Puerto Rico”.

Para Alberto Morales Aponte, psicólogo, manejador de Crisis y director de 911 Psychology & Human Resources, el estrés postraumático que provocó María en la ciudadanía puertorriqueña es un trastorno que no se alivia de la noche a la mañana y, aunque se cumpla un año, no se puede bajar la guardia.

“Todavía uno puede observar que las casas tienen toldos azules, hay familias que los seguros por las pérdidas de sus hogares no le han llegado. Situaciones como está exacerban la salud mental”, opinó.

Recuerdos angustiosos, insomnio, malestar físico agudo ante situaciones que simbolizan o se parecen a los sucesos traumáticos, miedo, culpa, pérdida de interés, hipervigilancia, sobresaltos o incapacidad para sentir emociones positivas como alegría, son algunos de los síntomas que han experimentado puertorriqueños víctimas de María.

“Entiendo que hay mucha necesidad, de personas afectas. Hace unos días estaba en la fila de un banco y escuché a personas preocupadas comentando sobre un sistema que se formó en el Golfo de México. Con el mero hecho de que se forme un fenómeno atmosférico, en nuestra zona o no, crea alerta. Esto nunca había sucedido. Antes, se mencionaba un huracán y las personas tenían recursos, no se preocupaban tanto. Ahora, aunque no haya certeza de un impacto, se ve esta conducta de precaución extrema”, sostuvo.

A un año de María, el tiempo ayuda a sanar y las llagas de los yabucoeños comienzan a cicatrizar en la búsqueda de la normalidad. Destellos de entusiasmo surgieron con el inicio de clases en agosto, Surillo Ruiz llevó música (batucadas) a las escuelas. A pesar de que el parque de pelota Félix Millán, patrimonio deportivo, sigue inoperable, los Azucareros en la Liga Superior Doble A alcanzaron la postemporada y movilizaron a sus seguidores a estadios cercanos del municipio para apoyar al equipo. En julio, el Festival de Azúcar, Guarapo y Melao regresó y para la final de la Copa Mundial, se celebró el Sugar Town Food Truck Carnival en el Boulevard del Puerto, actividades de entrenamiento que sirvieron como alivio y distracción para amortiguar el pesimismo.

Para Surillo Ruiz, “en el balance, son más las experiencias positivas que las negativas que nos ha dejado María. A un lado han quedado diferencias políticas y religiosas para darse la mano uno al otro, para levantarnos pese a todos los retos que seguimos enfrentado”.

Para orientación y consejería en relación a posibles crisis emocionales, puede comunicarse con la línea PAS al 1-800-981-0023.

La joven Alana Santiago Ramos limpia la carretera principal del pueblo de Yabucoa tras el huracán, como hicieron muchos vecinos. Un año después, El Nuevo Día volvió a buscarla y encontró la zona y a la joven recuperados del impacto.

Imagen de la calle Luis Muñoz Rivera, conocida como la Cuesta del Caño, tras el impacto del huracán y un año más tarde cuando El Nuevo Día revisitó ese municipio.

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