06.

Tierra de esperanza

Cuando el huracán María rompió a Puerto Rico, Margarita salió a los campos y descubrió el hambre de esperanza en los rincones más inhóspitos. Su historia es la de miles de puertorriqueños que han aportado a la reconstrucción del país

Margarita Castillo (izq) conversa con Enid Mulero, nuera de la paciente María Pagán Ríos, a quien le llevó ayuda. (Juan Luis Martínez)

HISTORIA 6 de 6

Huracán María, 6 historias, 6 meses después

Por Marcos Billy Guzmán para El Nuevo Día

Mientras el huracán María crujía contra las montañas de Puerto Rico, Wilfredo Rivera sintió un atronador golpe en la puerta de su casa. Eran las aguas de un río embravecido. Corrió a la calle cargando a su esposa mientras desafiaba la violencia de los vientos en el pueblo de Comerío. Fue en ese momento que escuchó los gritos: niños y ancianos pedían auxilio. Decidió regresar.

Al día siguiente, cuando bajaron las aguas, la madre del joven volvió a la residencia y, barriendo el lodo de las paredes, nos relató, atónita, la hazaña de su hijo.

Seis meses después, en Cayey, dos pueblos más abajo, testimonios como este todavía inspiran a otra madre: Margarita Castillo de Zayas, una mujer de 49 años y cabellos blancos que se ha dedicado a socorrer a los estropeados por el ciclón desde que entró el 20 de septiembre de 2017 por la costa sureste de la isla.

Estremecida por aquellos que aún pasan hambre y sed, no tienen donde dormir o carecen de agua potable y energía eléctrica, Margarita mantiene viva su misión. Sabe que la necesidad sigue latiendo en muchas comunidades, a 180 días de que el fenómeno atmosférico dejara a miles de puertorriqueños sin un techo seguro y colapsara el sistema energético del país.

La misión de un miércoles de marzo la devolvió al barrio Vegas, en Cayey, un municipio que para el 2016 ya tenía un nivel de pobreza de 43.1%, según datos del Censo de Estados Unidos. Entre el verdor de sus montañas ahora hay cientos de toldos azules que cubren los techos arruinados por la potente tormenta.

Margarita Castillo camina cuesta abajo hasta un barrio de Cayey para entregar ayuda a los damnificados por el huracán María. (Juan Luis Martínez)

“¡Te traje alguito!”. Con esa frase y tambaleando con una caja de agua, así anunció su llegada sobre el balcón de José Vázquez Ortiz. El hombre de 69 años tiene dificultades para comunicarse, pero logró fragmentar palabras para expresar sus sentimientos. Asintió cuando se le preguntó si padece de diabetes. Su pierna, caliente, hinchada y oscurecida, parecía estar infectada. Margarita acarició su pierna y José bajó la mirada y comenzó a sonreír.

Lo miró a los ojos y prometió buscarle un doctor a José, que cojea con un andador para moverse por su barrio, que permanece a oscuras, sin luz hace seis meses. Como algo instintivo, juntaron sus cabezas hasta que José, respirando profundamente, alcanzó a conectar la palabra: “Gracias”.

Margarita visita a José Vázquez Ortiz que necesita un médico para su pierna infectada. (Juan Luis Martínez)

Hay algo especialmente hermoso en el agradecimiento de un desconocido, confesó Margarita. Es una emoción que la calma y le recuerda que hace algo edificante en medio de la crisis de Puerto Rico, cuyo gobernador, Ricardo Rosselló, ha calculado los daños de la más reciente temporada huracanada en casi $100,000 millones, un golpe 28% mayor que la preexistente deuda pública del país.

Esos números, que pueden parecer lejanos, fríos, en la calle se traducen en historias como las que ve a diario Margarita luego de María y que, en ocasiones, no la dejan dormir.

“Yo no estoy en forma y no he entrenado para esto, pero esto es algo que va más allá del cansancio. Llegar a estos montes no es fácil. Tiene una carga emocional y en los nervios de uno”, contó mientras bajaba una cuesta para asomarse por el hogar de María Vázquez Ortiz, la hermana de José.

Margarita Castillo nutre a los vulnerables en los campos de Puerto Rico

“Sabemos que (los necesitados) están ahí, pero en realidad no los vemos. Decimos ‘mira esas casitas lindas en el monte’, pero entre esos caminos yo encontré la oportunidad de bendecir. Cuando regreso a mi casa y pienso en cómo pudimos ayudar, sea con una batería o hasta un paquete de arroz, la satisfacción es grandísima”, mencionó.

María, el huracán, no solo afectó 472,000 residencias y destruyó hasta 75,000 hogares en la isla, según estimados locales del gobierno. También dejó al descubierto el duro día a día que algunos boricuas experimentaban, de forma aislada, previo al ciclón.

Para María, la viuda de 80 años que Margarita visitaba por segunda vez ese miércoles de marzo, el desafío ha sido cuidar como si fueran dos bebés a sus hijos, William y Luis Hernández Vázquez, de 46 y 54 años, respectivamente. Ninguno es autosuficiente ni habla. Pese a que dan señales de distrofia y algún reto mental, la madre desconoce la verdadera condición de salud de sus “grandes amores”.

“¡Qué bueno verte! Traje los pañales que prometí”, anunció Margarita.

Sin emitir palabras, María sonrió mientras la voluntaria le entregaba productos de higiene y meriendas. La gratitud inició con un apacible abrazo que llevó a que la mujer pusiera fin a su silencio.

Margarita Castillo le entrega una bolsa con pañales a María Vázquez Ortiz para sus hijos impedidos. (Juan Luis Martínez)

“A mis hijos, los adoro. Los llevo al baño. (Les) doy comida. Los cargo, aunque a mi edad me duele todo, de acá arriba (la cadera) a los pies. Los ayudo en todo lo que puedo y (la ayuda que aparece) se agradece en el alma”, expresó.

Margarita tiende su mano amiga en un país cuyo nivel de pobreza pudo haber alcanzado el 52.3% de la población a raíz del huracán, proyecta el Centro de Información Censal de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Cayey. Pero no está sola. Muchas entidades sin fines de lucro reenfocaron sus servicios para ayudar luego del ciclón, indica Anitza Cox Marrero, directora de análisis y política social en Estudios Técnicos.

Margarita, al fondo, acaricia a uno de los dos hijos impedidos de María Vázquez Ortiz durangte su visita para entregarles ayuda. (Juan Luis Martínez)

Sobre 200,000 voluntarios han contribuido en la recuperación de la isla mediante organizaciones de base comunitaria sin fines de lucro.

La empresa de investigación y consultoría, que estudia el tercer sector puertorriqueño desde el 1996, estima que sobre 200,000 voluntarios han contribuido en la recuperación de la isla mediante organizaciones de base comunitaria. Es apenas un estimado inicial y conservador que no incluye el esfuerzo de personas como Margarita ni del voluntariado de iglesias, universidades, hospitales e iniciativas sin institución formal.

Nexo insospechado

La aportación de Margarita comenzó en la cocina. En las primeras semanas de la emergencia, viajaba a los campos con almuerzos que iba preparando en su estufa de gas. Expandió la contribución repartiendo suministros donados por su iglesia, Ciudad Fuerte, y creyentes de diversas religiones. Amistades en Facebook han dado poco más de mil dólares. Su esposo, el pediatra Jesús A. Zayas, la acompaña cuando a alguien urge de atención médica.

“La realidad es que, comúnmente, me llaman”, explicó Margarita sobre sus recorridos en los que ha visto a muchos encamados. “Algunos hemos visitado han muerto, porque no tienen electricidad y sufren complicaciones de salud, sean respiratorias o de alimentación o por no poder usar la cama de posiciones”, lamentó.

Fue el tipo de preocupación que la motivó a llevarle un generador eléctrico a otra María del mismo barrio Vegas, pero de apellidos Pagán Ramos. Alimentada por un tubo nasogástrico, la anciana que sufre de alzhéimer vive encamada a los 96 años por la fragilidad de su cuerpo.

Sabemos que todavía hay personas que aman y que nos amamos todavía. Con los hechos, nos han demostrado ese amor”, agradeció Ramón Falcón Pagán, hijo de la mujer.

Doña María dormía cuando aquel miércoles Margarita la visitó con un purificador de agua, ungüentos y una máquina recargable de terapia respiratoria. Abrió los ojos a la vez que su nuera Enid Mulero, cuya casa fue destrozada por el ciclón, le acariciaba la cabeza y parecía hablar por ella.

“Esta crisis nos ha enseñado mucho: el valor de lo que es la familia y el valor de no darle peso a lo material, porque lo puedes perder en cuestión de nada. Sin Dios y sin personas como Margarita, estaríamos locos, sin esperanza. Este es el tiempo de llevar esperanza a Puerto Rico, de unirnos, sin importar qué título tengas”, expresó, sin apartar la vista de su suegra.

Otra familia, en la cima de un pueblo limítrofe, también precisaba de esa esperanza. Acompañada de su hija Valian Zayas Castillo, de 25 años, Margarita se despidió de la anciana y condujo hasta las vías rurales de Caguas. Solo detuvo su guagua en una entrada del barrio San Salvador para cambiar de vehículo, el 4×4 de otro voluntario que posibilitó subir la empinada cuesta de fango que divide a dos jovencitos y sus padres del resto de la comunidad.

En sus casi dos décadas de matrimonio, Haydée del Valle Báez (52) y Santos Montañez Martínez (63) han hecho una vida en el pico de aquella montaña. Sin embargo, desde el huracán carecen de electricidad y, al apagarse el día, solo ven las estrellas.

45 minutos es el tiempo que les toma bajar. Cuando falta algo -cualquier cosa- o cuando se suma alguna emergencia, no existe para ellos otra opción que caminar sobre el resbaladizo y pegajoso suelo. Cinco veces a la semana, sus hijos Nathaniel y Jariel, de 12 y 14 años, se aventuran sobre el lodo para poder llegar a la escuela y mantener su récord de notas sobresalientes y asistencia casi perfecta. Estos jóvenes isleños no tienen televisor y ninguno, nunca, han ido a la playa.

Haydee del Valle Báez, junto a su esposo Santos Montañez Martínez y sus hijos Jariel y Nathaniel, el más pequeño. (Juan Luis Martínez)

Quizás por eso la bienvenida para Margarita fue tan efusiva, como un reencuentro de seres queridos o la sorpresa de un niño en Navidad. “Somos una familia agradecida, feliz”, respondió Haydée al recibir linternas, camisetas, pantalones, tenis y alimentos.

Y yo soy feliz de poder ser una mano amiga”, respondió Margarita.

Se sentaron a conversar en un espacio que fue una cocina hasta hace seis meses, antes de volar en pedazos por el huracán. La casa quedó hecha un rompecabezas que don Santos ha ido montando con los pedazos de madera y las planchas de zinc que encuentra en el camino. Pero de eso no hablaron mucho, sino de los logros familiares: cómo Haydée sobrepasó “malas barrigas” en sus dos embarazos y terminó criando a estudiantes de honor, hasta la forma en que su esposo siembra ajíes dulces, plátanos, calabazas y viandas de todo tipo.

“No me siembro yo porque ya yo no voy a ‘retollar’”, bromeó Santos. “Yo soy feliz con lo que Dios me ha da’o, lo que puedo hacer lo hago y lo que recibo es una bendición que nunca olvido”, agregó.

Sin servicio de agua potable porque nunca ha llegado a su residencia, el hombre remedió el problema conectando 4,000 pies de tubería PVC desde un manantial. El problema de la luz, no obstante, es más complicado. Por eso, cuando Margarita y un voluntario de la Universidad Interamericana sacaron tres bombillas solares, el pequeño Nathaniel se sonrojó.

“Para estudiar de noche”, agradeció tímidamente y luego dijo con contundencia: “Sufrimos mucho, pero nos ayuda bastante gente”.

Sin esta crisis, yo no me hubiera atrevido a hacer esto. Yo no tengo nada especial. Soy un ama de casa que ha encontrado una oportunidad para bendecir con lo que tengo".

“Esta crisis me dio la oportunidad para descubrir que lo que yo tengo no es solo para mí y los míos. Todos somos uno. Somos un pueblo”.

Margarita Castillo

“Me emociono”, confesó Haydée. “Imagínate, (ver que hay) gente que tú no conoces y que, de verdad, de corazón, está interesada en ti”, dijo.

De voz suave y sonrisa generosa, la mujer se acercó a Margarita y se fundieron en un abrazo. Aisladas en aquella montaña que parecía tocar el cielo, dejaron ir, por unos instantes, el peso de lo que no pueden controlar, pero aferrándose a la esperanza de un futuro mejor. Dos extrañas, madres orgullosas, sobre la misma tierra, conectadas inesperadamente por un huracán.

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